... Mira que yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y juntos compartiremos una comida como amigos (Apocalipsis 3:20 NVV). Cristo dice al oyente que debe abrir la puerta, que debe creer.
Al comunicar el mensaje y hacer la invitación, confrontemos al inconverso con compasión y amor a fin de que no cierre sus oídos ni su corazón a la voz de Dios. (Ver Josué 24:l5, l Reyes 18:21; Marcos 10:21.) Cuando yo era muchacho, con otros jóvenes cristianos habíamos formado un pequeño equipo evangelístico. Para animarnos en el ministerio varios hermanos de la iglesia compraron una carpa y nos pusieron a cargo de las reuniones. Nos dieron amplia libertad de acción pero nos hicieron una advertencia: No debíamos hacer invitaciones públicas para que la gente recibiera Cristo. Yo estaba de acuerdo con ellos. Sin embargo, pasaron los meses y fui dándome cuenta de que un mensaje sin invitación específica era una predicación incompleta. Reconocí mi error y comprendí que la invitación debía formar parte de un mensaje evangelístico, aunque habría que hacerla con equilibrio. La oportunidad de "probar" llegó.
Habíamos ido a predicar a otro en pueblo, y esa noche el salón se había la llenado. Yo estaba impaciente porque iba a hacer la primera invitación pública de mi vida. Mi mensaje fue sencillo, basado en Juan 10:28. Antes de concluir hice la invitación, de la misma forma en que lo he hecho en los años siguientes. Pedí que si deseaban recibir a Cristo, inclinaran la cabeza y oraran al Señor en su corazón. Luego pedí que levantaran la mano quienes hubiesen orado conmigo. Conté treinta y cinco manos y me asusté. Era obvio que los críticos tenían razón. Era habría todo manipulación emocional.
?Pueden bajar sus manos. Gracias. Ahora déjenme explicarles de nuevo ?dije, y dediqué otra media hora al pasaje, poniendo en claro cada aspecto, asegurándome de que comprendían el significado de la vida eterna y de una relación personal con Cristo. Oramos de nuevo y pedí que levantaran las manos: esta vez eran treinta y siete... Es cierto que ése fue un caso excepcional, sin embargo, me dejó marcado de por vida.
La experiencia de mi madre también me ayudó a tomar esa determinación. Ella una vez me confesó: "Luis, muchas veces estuve a punto de recibir a Cristo, pero no lo hice porque el predicador no me daba la oportunidad. Te aconsejo entonces que cada vez que prediques el mensaje de salvación hagas la invitación para que ...